Cómo funciona la ciencia, explicado con smartbands
- Samuel Fernández Lorenzo

- hace 3 días
- 4 Min. de lectura
¿Cómo saber si realmente dormiste bien anoche?
Quizás esto te resulte familiar. Ayer te acostaste temprano. Apagaste el móvil, evitaste el café después de las seis, incluso te saltaste ese capítulo de tu serie favorita. Y aun así, por la mañana te despertaste cansado. ¿Qué pasó? ¿Dormiste bien de verdad? ¿Y cómo podrías observarlo si… estabas dormido?
Esta pregunta aparentemente trivial esconde uno de los problemas más profundos de la ciencia: ¿cómo conocer objetivamente algo cuando el propio acto de conocer interfiere con aquello que queremos conocer?
El objetivo de la ciencia (y por qué no es tan obvio como parece)
La mayoría de la gente —e incluso muchos científicos— no entiende ni se detiene a pensar realmente en lo que hace a una ciencia, ciencia. No hablo de descubrir cosas nuevas o de inventar tecnologías útiles. Hablo de un objetivo más fundamental: construir descripciones objetivas de la realidad.
Esto significa representar simbólicamente un mundo que existe independientemente de lo que tú o yo pensemos o sintamos. Un mundo que podemos influir parcialmente, sí, pero que no controlamos del todo. Es en ese proceso de construcción rigurosa donde se forjan las verdades científicas.
Pero aquí nos topamos con un problema.
El chicle de Kant: observar es interferir
El filósofo Immanuel Kant ya se dio cuenta hace siglos: observar el mundo es al mismo tiempo interferir con él. Si conocer fuera una relación directa entre un Sujeto (tú) y un Objeto (el mundo), ¿cómo podemos estar seguros de que percibimos las cosas tal como son? ¿Hasta qué punto nuestra forma de mirar condiciona o distorsiona lo que queremos conocer?
Dicho de otro modo: ¿cómo sabemos que una rosa es verdaderamente roja y no simplemente el resultado de nuestra percepción?
Es como intentar despegar un chicle pegado a una mano… usando la otra mano. No parece haber manera de librarse del dichoso chicle.
La solución: instrumentos científicos
Para sortear este problema, la ciencia se desarrolló al amparo de una estrategia brillante: usar instrumentos. La balanza de un físico, la pipeta de un químico, el microscopio de un biólogo… son operadores materiales que transforman unos fenómenos en otros, neutralizando al sujeto particular que observa. Gracias a ellos, pretendemos medir con precisión sin que nuestros sesgos, prejuicios o limitaciones físicas interfieran (tanto).
Pero aún así, queda una pregunta legítima: ¿hasta qué punto ese aparato mide verdaderamente lo que pretende medir?
Mi insomnio y la smartband: ¿me puedo fiar?
Hace unos años tuve insomnio. Se convirtió en un problema realmente grave, y como científico que soy, traté de abordarlo científicamente. Decidí comprarme una smartband para monitorizarlo. La idea era simple: si podía medir cuánto y cómo dormía, quizá podría asociar mis rutinas (ejercicio, cena, pantallas…) con dormir mejor o peor.
Pero pronto surgió la duda: ¿cómo fiarme de lo que decía la smartband? A veces los resultados no parecían muy consistentes. Otras veces contradecían mis sensaciones al despertar. ¿Había dormido bien o mal? ¿Quién tenía razón: yo o el aparato?
Cómo miden el sueño estas cosas
Las smartbands y smartwatches no miden el sueño directamente. No tienen un electróencefalograma como los de un laboratorio del sueño. En su lugar, combinan varios sensores indirectos, por ejemplo:
Acelerómetro y giroscopio: detectan si te mueves o estás quieto.
Fotopletismografía óptica (PPG): mide tu ritmo cardíaco y su variabilidad. Un ritmo bajo y estable suele indicar sueño profundo; uno más errático, sueño ligero o REM.
Oxígeno en sangre: bajadas pueden señalar apneas o transiciones entre fases.
Temperatura de la piel: suele bajar al inicio del sueño y subir en REM o al despertar.
Respiración estimada: derivada de otros sensores, ayuda a identificar sueño profundo vs REM.
Con todo esto, algoritmos avanzados (muchas veces con inteligencia artificial) estiman cuánto tiempo pasaste en cada fase del sueño: despierto, ligero, profundo, REM.
Suena bien. Más aún, cada dispositivo puede usar una combinación distinta de sensores y algoritmos. Y aquí es donde entra el insight.
El truco: usar dos smartbands a la vez
Si una smartband me dice una cosa, ¿cómo sé que no está sesgada por su tecnología particular? La respuesta es simple: uso dos smartbands diferentes al mismo tiempo.
Y con "diferentes" no me refiero solo a marcas distintas, sino a que utilicen sistemas tecnológicos distintos para sus mediciones. Una puede priorizar el PPG y otra el acelerómetro. Una puede tener sensor de temperatura y otra no.
Si ambas me dan lecturas consistentes —por ejemplo, ambas dicen que dormí 7 horas con 2 horas de sueño profundo— entonces puedo fiarme. Si no coinciden, entonces no puedo fiarme de ninguna de las dos.
¡Ajá!
Identidad sintética material: la clave de la verdad científica
Y aquí viene la generalización profunda de esta idea, de la mano del filósofo español Gustavo Bueno, que llamó identidad sintética material. La idea es brillante: si dos (o más) procedimientos operatorios independientes convergen en un mismo resultado, entonces ese resultado debe expresar una verdad científica necesaria.
Es la confluencia de métodos independientes lo que permite segregar la verdad científica de los sesgos de cada método particular. Sin esa confluencia, nos quedaría la sospecha de que el resultado está condicionado por el procedimiento seguido.
De hecho, nuestro propio cuerpo ya aplica implícitamente este principio: tenemos dos ojos, dos orejas. Prueba a tapar un ojo e intentar colocar el tapón a un bolígrafo a diferentes distancias. Verás que es fácil fallar. Cada ojo nos da una estimación sesgada de la distancia. Es el contraste entre ambas versiones lo que permite a nuestro cerebro calcular la distancia con precisión.
Conclusión: la ciencia es más fascinante de lo que parece
Medir el sueño con dos smartbands puede parecer un detalle anecdótico. Pero en realidad es un ejemplo perfecto de cómo funciona la ciencia: construyendo verdades mediante la convergencia de procedimientos independientes, neutralizando sesgos y superando las limitaciones de cada instrumento particular.
Los fundamentos de la ciencia dan para mucho más, claro. Si te ha gustado este tema y quieres profundizar, te recomiendo el capítulo 9 de mi libro Todo lo que puedo imaginar: el algoritmo del entendimiento (Parte II) [que puedes leer aquí], donde desarrollo los fundamentos de la ciencia con mucho más detalle y explico su importancia para nuestro día a día.
Porque al final, entender cómo conocemos el mundo no es solo filosofía abstracta. Es algo que nos afecta cada vez que miramos los datos de nuestra smartband, leemos un paper científico o simplemente tratamos de entender qué es real y qué no.
Y eso, en 2026, importa más que nunca.



Comentarios